No esperés a ese momento

Queremos que venga un momento que nos ilumine, inspire e impulse a hacer un cambio. Pero podemos perder mucho tiempo esperando.

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Fueron tres las personas que tuvieron que esforzarse para pasarme de la camilla a la mesa de rayos X. Fría, igual que el aire cortante que me rodeaba. Pero apenas mis tobillos, mis pantorrillas y mis muslos tocaron el frío, me di cuenta tenía sensación en las piernas. Me alegró el frío. Especialmente cuando hace poco más de media hora, no podía mover ni mis brazos ni mis piernas.

La máquina de rayos X se acercó, como si estuviera examinando mis pensamientos. Entre zumbidos y pitos, comenzó a analizar todos mis huecos. No sé si logró ver la frustración que corría por mi cuerpo.

“¿Esto es todo? ¿Aquí se termina?” En cuestión de un segundo, todo cambió. Pasé de tener la opción, la alternativa, de elegir a que mi movilidad estuviera en vilo.

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La pasión no es suficiente

Una idea nos apasiona. Pero necesitamos más que sólo pasión para convertirla en algo real

Muy dentro de nuestras mentes, hay una idea, un sueño, que niega irse. Es un virus de pasión. Durante años, nos ha mantenido despiertos incontables noches. Durante días, nos han desconcentrado de las labores diarias. Queremos que se cumpla. Haríamos lo que fuera para que se cumpla. Ese virus, esa enfermedad, esa pasión nos genera una pequeña obsesión que se puede convertir en algo muy grande.

Cuando tenemos el virus de la pasión por un sueño, pueden pasar dos cosas. La primera es que nos debilita al principio—tal vez intimidándonos con su magnitud, o abrumándonos con lo lejos que se ve—pero luego nos hace más fuertes. La segunda es que sea tan poderoso, es tan determinante en nuestras vidas que sólo queremos dedicarnos a eso y nada más. Nos inmoviliza. Por esto, tenemos que tener cuidado en obsesionarnos sólo con la pasión.

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Deje de trabajar tanto

Deberíamos descansar más. Y no, no hay nada de malo en querer ir más lento.

Mae, deje de trabajar tanto.

Así me escribía una amiga por Whatsapp. Unos días atrás ella me había ofrecido un casting pero había estado con síntomas de fatiga—mareos, una visión afectada, ganas de hacer absolutamente nada, estrés, etc.—y tuve que rechazarlo.

Más que haber rechazado el trabajo, me llegaron más sus palabras: deje de trabajar tanto. Le respondía el texto desde la cama. Decidí levantarme y caminar alrededor del barrio. Algo me dejaba intrigado.

Lo irónico de todo esto es que estoy tratando durísimo de no trabajar tanto. Entonces, ¿por qué no lo he logrado?

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Hay que celebrar con cuidado

A veces el éxito, el estar en el podio, es tu momento más débil.

Miré mi apartamento; los platos sucios en el lavado, los zapatos de gala tirados en el pasillo, los tacones puntiagudos de mi novia a la par del sofá. La cama no se había tendido, tenía el contorno del sueño ligero de la noche anterior, fatiga y euforia que pocas veces había sentido en mi vida.

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Dejemos de sabotearnos

De todos en el planeta, la persona que más ha saboteado tus logros, sos vos.

Vos, no un factor externo, detenés todo lo que has querido hacer, esa enorme cantidad de cosas en tu mente. Pero echarle culpa al resto del mundo es más fácil y suena más bonito.

Hace un par de años viajé a Estados Unidos para participar en dos conferencias de escritores. El manuscrito que llevaba tuvo excelente recepción: trece agentes literarios lo querían. Pero dos años después, la novela sigue en una carpeta perdida en el laberinto del escritorio de mi computadora. Ninguno de los agentes la aceptó.

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Premiamos a la mediocridad

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El ambiente laboral funciona a veces contradictoriamente, como al premiar la mediocridad en vez de tratar de cambiarla.  

A continuación, la historia de un amigo que es gerente en una constructora. La empresa participaba en una licitación para un concreto que nunca antes se había utilizado.

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Somos influyentes y no lo sabemos

La mayoría de nosotros no pensamos que nuestros actos pueden llegar a marcar la vida de las personas que nos rodean. Pero somos más influyentes de lo que creemos.

El humano es inevitablemente social. Nuestros ánimos, nuestras metas de vida y fracasos, las habilidades y desventajas, hasta los gustos terminan filtrándose en otros alrededor de todos los círculos sociales en los que interactuamos diariamente. Es imposible no influirse. Y es imposible no influir, especialmente en el trabajo.

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