Fotoensayo: El Rally Dakar 2013

Hace tres años participé en un viaje único. Presencié directamente cómo un Rally cambia a un país entero.

Aterrizamos en Lima dos días antes del comienzo del rally Dakar 2013. Absolutamente todos los hoteles estaban llenos, las calles de Perú parecían hacerse más angostas con la presencia de camiones de servicio, motos, buggies y 4x4s.

La capital peruana exhudaba una energía indescriptible. A la distancia, se escucha el estruendo de motores diesel de competencia, mientras los vehículos de competencia se movilizaban de un lado a otro.

Nuestro itinerario consistía en presenciar los actos de inaugaración en Lima, cerca de la costa, para luego tomar un transporte privado a Huaccachina, donde veríamos a todos los competidores pasar a máxima velocidad.

El clima limeño no perdonaba. Rara vez se asomaba una nube y el calor se permeaba dentro de nuestros cuerpos al punto que la piel nos reclamaba con ardor y enrojecimiento al finalizar el día.

Agregando a la energía de tal evento, el caos de las calles peruanas inyectaba miedo y emoción.

Parecía que la necesidad de competencia no sólo era entre los pilotos profesionales, sino que los ciudadanos.