La fallida promesa del Barrio Chino

Hace cinco años, el Barrio Chino se inauguró con bombos y platillos. Ahora, no es más que una ostentosa entrada con poco futuro.

Con el primero que hablé era un indigente que se llamaba Luis y me pidió que no le tomara fotos. Pero quería hablar, especialmente sobre los cambios que ha visto en esta franja de supuesta riqueza.

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Otros barrios parecen mejores

“Vea ahí, pito, la Casa del Tornillo se fue. Años de existir y ni siquiera ellos sobrevivieron. Este lugar no pegó”, me contó y luego recogió varias cajas de cartón que los comercios dejan en la calle. Los vende en diferentes recicladoras y de eso, saca plata para alimento. Al despedirse, me insistió que fuera a hablar con varios dueños de locales.

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Luego de décadas, la Casa del Tornillo se despidió de este lugar

“Aquí nadie está feliz.” Me sonrió.

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Los rótulos de “Se alquila” son muy frecuentes

Ya son cinco años desde que se inauguró el Barrio Chino. En el 2012 las promesas de muchos peatones motivaron a mucha gente a instalarse ahí. Pero hoy, no es más que una franja de concreto que divide edificios abandonados, aceras sucias y peatones que buscan cruzarlo con rapidez.

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Hay locales que no sobreviven

No es nuevo. En el 2016, se hizo un efímero intento de festival gastronómico, con el cual trataban de pelear contra lugares como Barrio Escalante y Avenida Escazú. Dos años antes, la entonces alcaldesa Sandra García, pidió estudios para poder explicar la falta de interés en la zona.

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Otros que trataron

Aparte de una ostentosa entrada y la estatua de Confucio al final, el lugar no motiva a visitar. El barrio depende de pequeños locales de mercadería variada y restaurantes de comida china. Todavía se sostiene, inexplicablemente, un cine para adultos. Enfrente el mismo, varios niños acompañan a sus padres a hacer mandados.

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El Cinema 2000 todavía da funciones

Los retazos de sostenibilidad comercial se dan sólo al principio.

“En realidad, el barrio Chino en sí, son solo estos doscientos metros. Más para allá, es feo, es peligroso y está abandonado”, me contó Melissa, dueña de un local de ropa íntima a escasos diez metros del arco que da la bienvenida.

Ella y sus colaboradoras están siempre afuera del local, invitando a pasar adelante. Dependen de las horas pico, y luego de eso, casi no hay movimiento. Pero los alquileres sí se mueven.

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Hay que atraer a los clientes

“Sube 5% de alquiler al año, pero la cantidad de clientes no aumenta ni siquiera eso.”

En tres cuadras, conté más de diez signos de locales para alquilar. Para ser un sábado al mediodía, los 550 metros que componen el barrio estaban desolados. Aún con los eventos del día de la música, nadie parecía querer acercarse.

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Aun cuando la entrada al barrio Chino es ostentosa. Rompe con el horizonte capitalino, inclusive desde lejos. Pero al acercar la mirada se ve que, chocando con la pintura negra, hay franjas largas de cuitas de paloma. Hay grafiti y hay basura.

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San José Vive, entre cuitas de palomas

Y ahí, puesto casi forzosamente, el rótulo de San José Vive. Sí, vive. A pasos débiles, mientras otros lugares avanzan rápidamente a mejorarse. Ese rótulo blanco, pequeño, parece más una curita en un paciente terminal.