Invitada: María Esther Abissi

La vida de los ausentes

María Esther Abissi

Me aventuré a pedirle a María Esther que me contestara cómo se siente ser venezolana fuera de su país. He aquí su respuesta. María Esther es periodista radicada en Costa Rica, actualmente participa en el proyecto Punto y Aparte y cursa la licenciatura en la Universidad San Judas Tadeo.

La realidad venezolana es como si Alicia en vez de aparecer en el país de las maravillas luego de quedarse dormida, le hubiera caído mal el almuerzo y hubiera terminado en la peor de las pesadillas.

Cuando me vine a Costa Rica hace unos cinco años, todavía se podían encontrar productos de primera necesidad y productos importados, caros, pero se conseguían. Hoy Venezuela está conectada a un respirador en un hospital público donde no se consiguen remedios para su enfermedad. Tiene dos semanas comiendo dos veces al día como sus habitantes y no le han dado de alta porque no se consigue el trasplante de cerebro y de corazón que necesita.

AP10ThingsToSee Venezuela Protests
AP10ThingsToSee – A demonstrator raises his arms toward the Bolivarian National Police (BNP) firing tear gas and a water canon in the Altamira neighborhood of Caracas, Venezuela, Wednesday, Feb. 19, 2014. (AP Photo/Rodrigo Abd, File)

Cuando trato de responder a la pregunta ¿Qué es ser un venezolano fuera de Venezuela en estos momentos? La cabeza se me queda en blanco y el corazón me lanza un pequeño gritico. Al principio, no me gustaba hablar de eso, Venezuela es de esos temas que nadie entiende si no lo ha vivido – como esa gente que me pregunta ¿y por qué no sacan a Maduro? ¡Yo no entiendo como la gente no hace nada! – como si fuera soplar y hacer botella, pero pronto tuve que aceptar mi destino: este acento que nadie me quita me obliga prácticamente a llevar la realidad de 30 millones de personas hasta algún lugar fuera de sus fronteras.

Yo soy una de las millones de personas que gracias a una serie de esfuerzos y sacrificios logró salir de Venezuela antes que la bomba explotara. Hoy uno ve la realidad desde lejos: ve el hambre, la miseria, el sueldo que no alcanza para la comida, la comida que no llega a los supermercados, los supermercados vacios y los enfermos, muriendo en los hospitales. Y aunque uno quisiera opinar, hablar o quejarse “uno está afuera” y aquí, la mejor opción es quedarse callado.

Particularmente siempre digo que para mí, Venezuela no es ésta; “esto” en lo que se convirtió Venezuela no es ni será nunca el país donde yo crecí y viví. Esto que tenemos ahorita es una realidad producto de situaciones, de hechos históricos. Esto que hay en Venezuela es producto de una cultura, de una forma de ser. Esta Venezuela es una bola que viene arrastrando nuestra historia, nuestros años de dictaduras anteriores, la forma en cómo fuimos libertados, la manera en como nos criamos, en cómo nos desarrollamos e interactuamos socialmente. La Venezuela del 2016 no es un gobierno, es un conglomerado de procesos políticos, de cambios sociales y de realidades que explotó hace unos años.

¿Me duele ver a mi país destrozado? Sí, claro que me duele. Nosotros, esta generación que solo ha visto un gobierno desde que nació, que ha vivido casi tantas elecciones como cumpleaños, esta generación a la que nuestros papás nos llevaban de niños a las marchas del Paro Petrolero, es la misma generación que se siente como una semillita que no puede germinar, esperando que “el país se arregle”, “que el gobierno caiga”, “que el presidente salga” o que “alguien intervenga”.

A todos nosotros nos duele el país: nos duelen los muertos, nos dan ganas de llorar los enfermos, los hospitales, la familia que no tiene qué comer, la abuela que no consigue las medicinas, la prima que trata de encontrar un futuro, las amigas viendo para donde se van, a todos nos duele, pero el dolor no tumba dictaduras y sinceramente a estas alturas de la vida, empiezo a dudar que algo las haga caer.

Hace un tiempo dejé de seguir en Twitter unas 10 cuentas de noticias que seguía, no porque no quisiera saber lo que pasa en Venezuela, sino porque me sentía frustrada de ver cómo los años pasaban y solo pasaban los años, porque nada más pasaba en Venezuela. Facebook me recuerda casi diariamente publicaciones que he hecho a lo largo del tiempo de marchas, manifestaciones, fotos de estudiantes ensangrentados, viejitos con paños de vinagre en la cara para quitar el efecto de las bombas lacrimógenas y en retrospectiva pienso si de verdad hacer algo más valdrá la pena. En este punto, los que estamos afuera y los que están adentro estamos igual de cansados, de agobiados y de fatigados de la situación e incluso muchos se han ya acostumbrado a la realidad: hacer fila para comprar comida cuando le toque a tu número de cédula, comprar pañales al triple del precio regular a una señora que pasó vendiendo por la casa, comer dos veces al día, limpiarse con pedazos cortados de toalla y hacer un improvisado desodorante con bicarbonato, si es que el bicarbonato se consigue. Porque ¿Qué más da? Si al gobierno no le importa el hambre del pueblo.

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Fuente LatinAmerica Post

Con tantas cosas que se han dicho, no sé si quede algo más que decir. A mi Venezuela la vivimos aquí afuera en nuestros recuerdos, en sus comidas que nunca sabrán igual y en el olor que la caracteriza, y a la nueva Venezuela se la vive afuera y adentro con sus tristezas, sus ojos con ojeras, su cansancio, su vida que parece cada vez más valer menos.  Venezuela es una mujer maltratada, que en medio de su agonía ve a sus hijos partir, a otros los ve nacer, a otros los ve morir, y a aquellos otros que no quiere recordar que son hijos suyos, ve cómo la lastiman y todavía hoy espera con lagrimas en los ojos, con las manos amarradas y las  ropas rasgadas que algún día, se arrepientan y vuelvan a ella para poder sanar a aquella Venezuela que perdimos hace 16 años atrás.

 

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