Cuando el sol nos abandonó

Le decimos Turrialba por dos posibles: o Torre Alba, en aragonés, o Turiarva, en lengua indígena. 

Despertamos a eso de la madrugada y sacamos las escobas. Mamá desde hace días había dejado el felpudo para limpiar los vidrios del preciado Renault 30TS de papá. Ya iba para 40 años y todavía tenía ese vivo color verde moco en la carrocería, ahora bajo una capa gris.

Los perros los guardamos en un cuarto y mi hermana se comprometió a cuidarlos. Pensé por un segundo que lo dijo más bien para quedarse viendo tele pero recordé que el fluido eléctrico había desaparecido hace unos días; no había tele.

Tomé una mascarilla nueva de paquete. Mis papás se las habían comprado hace unos meses, irónicamente porque había que limpiar el ático, y terminaron siendo la salvación. Ellos no quisieron usarlas, las dejaron para nosotros. La ceniza se metía en las narices, en los pulmones, en los ojos. Nos convertíamos en ceniza, poco a poco, por dentro.

Comencé con el pasillo que daba al patio. No podía levantar mucha ceniza, entonces era lento el proceso. Terminaría haciendo más desorden del que ya había. Saqué la vieja radio de papá, que funcionaba con baterías D, y la encendí. Al fin y al cabo, tenía sentido no botarla en todas esas limpias que hicimos de la casa.

La estática resonaba por toda la casa que a esa hora, y desde hace mucho tiempo, parecía más abandonada que con nosotros adentro. Busqué la señal de la Comisión Nacional de Emergencias que iba a indicar, supuestamente, las medidas a tomar: podía ser, o no, que evacuarían a todo Granadilla ya que estábamos en camino directo de la ceniza. Pero las memorias de mis padres, más que las mías, eran excusas válidas; me tocaría cuidar la casa.

No sabía si mi hermana estaba dispuesta a quedarse. Igual, sólo escuché estática. Le daba vueltas al dial y sólo se escuchaba ese ruido, que parece el fin, y el comienzo, del universo, de la frustración de no encontrar una señal y de estar solo, en un espacio negro. Me llamó mi hermana. Me señaló al televisor.

“Mirá,” no había más que el reflejo de ella en el vidrio empolvado Toshiba que papá nunca quiso cambiar. “No hay nada de señal. ¿Cómo sabremos si Guanacaste está bien? No se ve nada.”

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“Lo sé.”

“¿Creés que la señal vuelva?”

Volví a ver por la ventana y la volví a ver a ella. La oscuridad era la respuesta. Aun así, me digné a darle un “no”.

“Entonces, ¿cómo sabemos si la finca de abuelo está bien?”

“No sabemos. Pero no está peor que aquí.”

Harta, se levantó y tiró de la correa de ambos Malanga y Aguacate. Nunca comprendí esos nombres. La siguieron, cansados y agitados. Se fue a la cocina e hizo a abrir la refrigeradora pero recordó que teníamos que mantener, por tan iluso que fuera, el frío de la recámara para conservar los alimentos que mamá había cocinado antes de irse. Las latas de atún, frijoles, garbanzos y las bolsas de arroz eran para luego.

Vio a su alrededor e inhaló. Aún en esas condiciones inhaló, queriendo estar libre, queriendo salir, pero no podía. Nos convertíamos en ceniza conforme pasaban los segundos.

“Leete el periódico.”

“Pero sí ya lo leímos ayer.”

“Sí, pero leémelo otra vez.”

“¿Para qué?”

“Sólo dale. Leémelo.”

“De acuerdo.” Malanga y Aguacate se acostaron en la cerámica polvorienta y gimieron. Pero no había mucho qué hacer.

Se limpió la garganta y comenzó a toser. De seguro se le zafaron los cristales volcánicos que tenía trabadas en el esófago. No paró de toser. Llevaba tiempo de no hacerlo. Aún así, quería que me leyera las noticias. Tal vez algo había cambiado.

“El presidente salió hace una semana,” respiraba hondo. Tosía y me imaginaba las pequeñas partículas salir de su garganta, ya humedecidas por la poca saliva que le quedaba, “del país a una gira por Europa. No ha hecho comentarios sobre su regreso.”

Se detuvo a pensar. Algo quería cuestionar. Nos gustaba cuestionarnos las cosas porque significaba que algo habría en un futuro, algo habría para lo cual cuestionar el ahora. Pero no dijo nada. Más bien se levantó, giró hacia la cocina y destapó una de las ollas que todavía tenía agua. Tomó un trapo, lo humedeció y lo pasó por sus ojos. Dejó de llorar hace vario tiempo. Ahora tenía que ponerse las lágrimas.

“¿Para qué leemos?” Se volvió hacia mí. Siempre había sido hermosa; con dos franjas negras debajo de la nariz, con un rímel volcánico que le convertía los ojos en un antifaz y con el pelo seco, se veía aún más hermosa. “¿Para qué limpiamos? Mamá y papá no lo van a ver. ¿Para qué?”

“Así lo querían.”

“Pero no están aquí. Y nosotros tampoco deberíamos estarlo. Deberíamos irnos.”

“Me falta el porche.”

“A la mierda con el porche.”

“Pero falta.”

“Dejá. No importa el porche. No importa la casa. No importa que las memorias,” tosió, como nunca antes la había escuchado. Pero sí había escuchado a mis padres. “No importa lo que nos deja esta casa. Son sólo memorias. Y polvo. Vámonos. Vamos donde abuelo. Tal vez llegaron, no sé.”

Vi, no sólo la casa, sino las ventanas y hacia el horizonte. Analicé la hora de mi reloj de pulsera: no había punto en engañarme. Nunca había sido la madrugada. Eran pasadas las nueve, o lo hubieran sido, antes de que el sol nos abandonara.

“¿Para qué nos atamos a esta mierda?”

“Sí. Tenés razón. Vamonos, Valeria.”

Sonrió. Por primera vez en mucho tiempo sonrió. Sus dientes seguían blancos. Tomé mi bulto, ella la maleta de ella, metimos a Aguacate y Malanga al Renault; saqué los pirex de comida que todavía quedaba buena y las metí al carro. Cerré cada una de las ventanas.

Me aseguré que la casa quedara tal y cómo mamá y papá me lo habían pedido. Cada tranca, cada candado, cada puerta, cerré para ver si acaso así se contenían las memorias. O al menos se repelía a aquellas personas que las roban. Pero me llevé una escoba por si acaso en Guanacaste tendría que barrer.

Arranqué el Renault. Tosió como viejo asmático. Ya veo porqué papá se llevó el carro de la empresa y dejó este aquí. Escupió más polvo en el polvo. Una espesa nube donde antes había aire. Vi hacia el cielo: me imaginé a mamá y papá en la finca de abuelo, en donde el sol todavía no nos había abandonado.

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Author: Bernardo Montes de Oca

Journalism. Writing. Life. Periodismo. Escritura. Vida.

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