Reseña: La Casa Limpia

Tantas aristas por las cuales hila, tantas críticas a la sociedad que hemos visto en el pasado, y al mismo tiempo, tanta originalidad.

 

La obra “La Casa Limpia” de la estadounidense Sarah Ruhl fue para este humilde amante del teatro una bella experiencia.

Es una obra que terminó como finalista para el premio Pulitzer en el 2005 y el grupo de teatro independiente Abya Yala, en conjunto con el teatro Universitario, asumió el reto de poner en escena aquí en Costa Rica.

No es un reto fácil, ya que lo elegantemente simple del escenario, la precisión del guión y el bagaje de ser una excelente obra, ejerce su debida presión.

La obra hace un preciso trabajo al deshilachar el amor, el humor, el matrimonio y la muerte. ¿Por qué siempre buscamos que sean perfectos y no aceptamos que no lo son? ¿Que más bien son sucios?

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Es cierto. Sabias palabras

La obra gira alrededor de Matilde (Aysha Morales, Avería en la consciencia), una empleada doméstica que, en su natal Brasil, era la tercera persona más graciosa, después de su madre y su padre.

Anda en búsqueda del chiste perfecto, un chiste que puede matar de la risa. Pero se enfrenta a un reto: su trabajo sin futuro la desanima.

Morales actúa de tal manera que su energía se siente auténticamente brasileña. Es más, mejor afinan un poco el portugués para entender uno que otro chiste.

No sólo esto, pero logramos ver cómo Morales transmite una irreverencia que sólo una comediante frustrada tendría, aprovechando cada segundo para contar chistes.

Ella trabaja para Lane (María Luisa Garita, Quimera), una exitosa médico que se consume en su trabajo para escapar de la realidad. Está tan obsesionada con su trabajo que cree que Matilde está deprimida y decide medicarla. Al igual que tantas personas en la sociedad. Sin embargo, Matilde sólo quiere seguir su sueño.

La doctora está casada con un doctor, Carlos (Juan Carlos Calderón, Viaje al Reino de los Deseos). Muy perfecto para ser cierto. Carlos la ha dejado por una mujer mayor, Ana, con cáncer terminal.

Ana (Roxana Ávila) es lo opuesto a Lane: relajada, abierta a hablar y, lo más importante, detesta la medicina y cree en lo espiritual. Además de eso, es hermosa y sabemos por otra información que gusta de usar ropa interior sensual.

He aquí otro planteamiento diferente que hace Ruhl, ¿por qué no? ¿Por qué siempre se tiene que dejar a alguien por otra persona más joven?

Son estas dudas que poco a poco, conforme se adentra la obra, resquebrajan el robusto, inteligente y determinado personaje de Lane, una transición que Garita logra de manera fulminante.

En los segundos de haber entrado al escenario, el personaje de Lane puede llegar a “caer mal” pero para el final de la obra es querida, apreciada y, lo más importante, comprendida.

Así damos la entrada a Virgina (Monserrat Montero, El regreso), la hermana perfectamente imperfecta de Lane.

Sus ademanes son robóticos, su voz es programada y calculada; si se detuviera y se tomara una foto, saldría en la próxima portada de cualquier revista de estilo de vida.

Está casada, aunque no sabemos realmente con quien y de inmediato, sabemos que no está bien. Ama limpiar, al punto que necesita del polvo y el desorden para poder limpiarlo.

La actriz logra demostrar que Virginia tiene un estándar imposible con el cual cumplir. Es una esposa que cumple con su labor y luego de eso, no tiene nada. Es simplemente un adorno.

Estas tres se entrelazan cuando Virginia le ofrece a Matilde limpiar la casa de Lane, y que Matilde pueda dedicarse a buscar el chiste perfecto.

¿Cuántas mujeres estarían felices con quitarse la perfección?

Bueno, pues, esta obra nos transmite a responder esta pregunta de una manera ágil, divertida y triste a la vez. Ligera en su comedia (como debe ser, nada de exagerar) y profunda en su tratamiento de las aristas que mencioné al principio.

Todos los personajes pasan por un deterioro que al fin y al cabo los libera, liberándonos a nosotros de los sentimientos que tuvimos por ellos, desde el ligero repudio, hasta la lástima.

La excelente actuación va acompañada de, uno de los puntos más fuertes para mí, el escenario.

Blanco, todo es blanco alrededor, el símbolo de orden y de, irónicamente, muerte. Es minimalista, es poco intrusivo y completamente necesario a la vez.

La energía de las actuaciones y del guión es tan presente que logran que el blanco se vea desordenado, que ese escenario tan poco intrusivo se vea caótico. Y luego, como la vida de los personajes, el escenario termina completamente sucio.

No sólo como la vida de los personajes, sino como todas nuestras vidas, nuestros amores, desamores y miedos.

La Casa Limpia es una excelente obra respaldada por un elenco de calidad. Se las recomiendo, en el teatro Universitario, con un costo de 5000 colones.

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Author: Bernardo Montes de Oca

Journalism. Writing. Life. Periodismo. Escritura. Vida.

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