Una monedita en Monteverde

 

Una actriz en un pequeño teatro se enfrentaba a la muerte permeada en la mente de los niños. Me senté a conversar con Monse Montero sobre una experiencia muy peculiar.

En ese momento trabajaba para una agencia de castings, antes de establecer mi propia, y me pagan pésimo. Hacía de todo y ganaba como 60 mil colones al mes. Era lo esperado, después de todo estudié teatro, aunque fuera de la UCR, y no era exactamente la carrera con más ingresos.

Para tener unos ingresos adicionales hacía lo que se conoce en el mundo de teatro como chivos. Claro que para muchos daba vergüenza hacerlos. Había ciertos profesores que nos criticaban que habíamos salido en un anuncio, diciendo que no era digno. ¡Lindísimo! Criticaban desde una plaza de propiedad de la universidad. Así quién no.

Los chivos incluían de todo. Fui una chica mimo para la Renault cuando ellos mostraban sus carros en Plaza del Sol y eso no me pareció tan malo. Sí daba pena tomar el descanso de almuerzo vestida de mimo. Pero al menos yo traía mi propia comida.  Imaginate a mis amigos yendo así a McDonalds.

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¿Me da un combo a lo grande?

También trabajé para el Hipermás, como se llamaba en ese entonces. Era un chivo con telas; desde temprano en la mañana preparábamos todo y me subía al techo sola, sin arnés, para colgarlas. Bien me pude haber matado. Sólo para que en media presentación tuviera a un montón de pachucos gritándome uy sí, mi amor, ábrase más. Ese trabajo sí lo odié. Lo hice por la plata porque pagaban muy bien, me pagaron 75 mil colones.

Pero ningún trabajo me preparó para aquella vez. Ahora que lo veo, hubiera reaccionado diferente. Pero en ese entonces tenía 21 años, era una chiquita.

Nada como ser la monedita.

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Nacionalito era todo un personaje

Era con el Banco Nacional. Éramos tres, Ana Coralia contaba cuentos, mi amiga Mabel era el Nacionalito y yo era la monedita de un colón. El Nacionalito era uno de esos edificios inflables y ella se podía quedar adentro toda la tanda sin que saliera y con ventiladores. Yo siempre quise ese papel. En cambio tenía que ponerme un leotardo apretadísimo, maquillarme y vestirme de monedita.

Hicimos gira por todo San José. Íbamos a escuelas de todo nivel socio-económico. ¡No! Las cosas que vi: una vez que Nacionalito se desinfló y los chiquitos lo pateaban. O aquella vez que nos pidieron regalos porque a eso estaban acostumbrados y se enojaron porque no traíamos nada. Excepto, por supuesto, las valiosas lecciones de ahorro.

En ese entonces yo trabajaba con Aurelia Rojas Avilés. Ella era la de mercadeo del Banco Nacional. Un día me llamó para comentarme que íbamos a Monteverde, a eso del 2006. Por el momento me pareció como cualquier otro trabajo y no lo había pensado. Después de todo ya había pasado mucho tiempo.

“Vamos a ver cómo nos va,” me dijo. Se lo veían venir. Ahora me enoja.

Llegamos al Galerón Cultural Aspinal-Murray, que era de unos gringos que ayudaban mucho en la comunidad. De hecho nosotros nos quedamos en el hotel de ellos, El Establo. Esta vez había algo diferente en la energía del lugar. Era un escenario que está a nivel, bastante pequeño, y los niños se sentaron cerca, señal de que algo diferente iba a pasar. Apenas Ana comenzó, ellos se silenciaron. Un silencio fantasmal. Atención devota. Nunca antes había pasado.

 

Y los ejecutivos del banco al fondo, analizando cada momento.

La rutina era muy sencilla: Ana contaba, yo cantaba la primera canción, luego les preguntaba ciertas cosas y repetíamos una vez más. Terminó Ana de contar un cuento y yo comencé a interactuar con ellos. Pero el silencio de hecho me desconcentró cuando usualmente es algo motivante. Estos eran niños máximo de tercer grado, ya más de nueve no ponían atención. No tenían por qué estar así.

“Bueno, chicos, ¡a ver! ¿Quién me puede decir porqué es importante ahorrar?” Una niña levantó la mano. “Sí, dime, ¿por qué es importante ahorrar?”

“A mí el Banco Nacional me da miedo porque dicen que ahí mataron a doña Rosa, la mamá de Rafael.”

Mierda.

Ninguna clase de teatro me había preparado para esto. Vi al fondo y estaban los ejecutivos con una cara de científicos locos, pero asustados, no sabían cómo les iba a ir el experimento. Vamos a ver cómo nos va, me había dicho Aurelia. Sabían que esto iba a pasar, ¿por qué me mandaron? La respuesta que di es una memoria difusa.

“Sí, a veces pasan cosas malas pero hay que pensar en el futuro,” o algo así contesté. ¡Qué estupidez dije!

“Ahí mataron a don Willy, él era el papá de mi vecino.”

“La niña María Rosita también estaba en el banco.”

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El titular de la tragedia

Me congelé. De repente Ana Coralia se metió y los puso a todos en un semi-círculo. Les pidió a los niños que contaran lo que quisieran sobre el banco y la situación. Aún un año después, este pueblo todavía dolía y sufría la pérdida de quienes eran vecinos, profesores, empleados y amigos. ¿Cómo no? Un pueblo unido y ahí me mandaron de idiota a tratar de hacer a los niños ahorrar en el mismo banco que les había causado pesadillas.

El 8 de marzo del 2005, tres asaltantes liderados por Erlyn Hurtado ingresaron a la sucursal del Banco Nacional en Santa Elena de Monteverde. Armados con rifles de alto calibre, dos AK-47 y un T-65, intentaban robar el dinero y darse a la fuga. Se encontraron con la resistencia del guarda Eduardo Rodríguez, quien mató a dos. Al quedarse sin municiones, se escondió en su casetilla durante el resto de la tragedia.

Hurtado nunca supo de la presencia de Rodríguez; por esto, el guarda escapó con vida. Luego de 28 horas, en las cuales siete rehenes fallecieron y dos fueron asesinados a sangre fría casi al finalizar, Hurtado se rindió. Pero se necesitó de la presión y convencimiento de Elizabeth Artavia, para que esto pasara. La última rehén le metió la idea de que entregarse a las autoridades era lo mejor.

Gracias al accionar de Artavia en conjunto con la intervención de la policía, se salvaron 26 rehenes. Sin embargo, en el ataque falleció un miembro de la fuerza de intervenciones especiales, Óscar Gerardo Quesada, conocido como Máquina. Existen leyendas urbanas que cuentan que cuando Erlyn Hurtado entró a la cárcel, varios reos le aplaudieron la muerte del oficial.

El pueblo, aún un año después de lo que se considera el asalto y secuestro más sangriento de la historia en Costa Rica, no se había recuperado. Yo estaba viendo las consecuencias de esto.

Hablaron cada uno de los niños y se notaba a leguas que tenían mucho tiempo de haber querido decir las cosas. Fue corto pero para mí se sintió como un momento larguísimo, me sentía en otro mundo, esto no era teatro, ¡esto no fue para lo que yo estudié! Y ahí atrás, los ejecutivos con cara de alivio porque Ana había logrado darles el espacio.

“Bueno, cantemos una canción para pensar en otra cosa,” dijo ella y los niños parecieron despistarse. Cortamos el show prácticamente por la mitad y cuando estaba cambiándome del vestido, llegaron.

“Definitivamente hay que hacer algo aquí,” le dijo uno al otro. “Tenemos que traer un psicólogo con todos los del pueblo, no sólo los niños.”

En ese momento no dije nada. Me arrepiento. No podía creer que el primer pueblo al cual decidieron venir fuera de San José fue a Monteverde. No fue más que un experimento social, la mejor manera de medir cómo estaba el pueblo era a través de los niños. Después de todo, eran los más honestos.  En el bus de vuelta se disculparon, pero el tema no se volvió a tocar.

Nunca supe si mandaron un grupo de psicólogos o algo por el estilo.

Seguimos viajando por todo Costa Rica, desde el norte hasta el sur, desde el este hasta el oeste y tuve un montón de experiencias variadas. De hecho en Hojancha, los niños se emocionaron porque era la primera vez que habían visto teatro. ¿Esto, teatro? No era más que posicionar una marca, meterles en la cabeza que ahorraran con ese banco y con ningún otro. Pero lo disfrutaron.

Poco después me harté de la agencia en la que trabajaba; era demasiada la explotación y no me daba tanto ingreso. Renuncié y me hice mi propia agencia, que me daba un poco más de ingreso, aunque seguí haciendo chivos de vez en cuando y salí en El Regreso, que fue una experiencia lindísima. Ahora me doy cuenta que realmente le debí haber dicho algo a esos ejecutivos.

Ahorita decirles algo no creo que tenga sentido. Pero, por dicha, nunca se me va a olvidar cuando fui una monedita enfrente de un montón de niños que sólo querían hablar de la muerte que había golpeado a su pueblo.

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Author: Bernardo Montes de Oca

Journalism. Writing. Life. Periodismo. Escritura. Vida.

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