Un viaje Boruca

Esta es la crónica de una mujer que viajó al sur de Costa Rica para buscar otro pueblo, otra civilización.

Nunca he sido muy religiosa pero cuando leí la noticia, recordé aquel viaje en el que fui a misa y me sentí demasiado incómoda. Lo que más me dolió fue que ningún medio grande, la Nación o Repretel, ni siquiera uno de mediano tamaño cubriera la quema de una casa cósmica indígena en Cabagra, de Buenos Aires en Puntarenas. De todos los medios, me di cuenta por el Facebook de un proyecto de música indígena que se llama Jirondai. Pero aparte de unos activistas digitales alarmados sobre el tema, nada más pasó.

Casa csmica
La casa cósmica que se quemó

En las culturas indígenas, las casas cósmicas son muy peculiares e importantes. Su gran forma cónica es imponente y se utilizan para recibir cada mes, marcado por el ritmo de la luna, a los médicos tradicionales. En este caso en particular, las llamas culminaron casi un año en que los poblados recibieron amenazas por personas que pensaban, y todavía, que los indígenas no merecen autonomía. Una quema: todavía imponíamos creencias. Todavía estábamos en la época colonial.

Desde aquel texto, El ambiente tico y los mitos tropicales, me intrigué a conocer todos los rincones del país. Si la civilización que habíamos heredado de Europa era así, en alguna esquina tenía que haber otra cultura, otro mundo, y no ese tico que había personificado Oreamuno. Quería conocer algo más que esas ilustraciones que nos enseñaban en Estudios Sociales, “estos son los malekus, bribris, cabécares, etc”.

Durante años, tuve la idea y se quedó en eso, una idea, de esas que nos hacen soñar, y cuando cae la luz del sol nos frustran porque solitas vuelven al baúl de proyectos y metas para convertirse en polvo y melancolía.

Fue hasta que me gradué de la universidad y quería crear arte local, algo que tuviera Costa Rica escrito en su ser, que me reencontré con las artesanías indígenas. Fue como enamorarse de un paciente terminal y esperaba que, tal vez sus últimos años no serían tan cortos. Conocí las técnicas de los Boruca, quienes teñían sus telas con regalos de la misma tierra: plantas, raíces e insectos.  Las hilaban para crear bolsos y billeteras con patrones geométricos. Tomaban un simple tronco y con paciencia, un cuchillo y pinceles, transmitían leyendas, bosques y animales a la madera.

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Máscara indígena, fuente 89decibeles

Tenía que visitar ese lugar. Necesité poco convencimiento con mi novio y nos enrumbáramos hacia la zona sur en Semana Santa del 2015. Vimos el Río Grande de Térraba, quien nos recordaba que el mundo se volvía cada día más caliente. ¿Cómo habrá sido visitar ese río hace siglos, a la luz de la luna, sin concreto y sin postes ni cables en el horizonte?

Luego, conforme nos íbamos aproximando, como esas vallas publicitarias que se ven camino al Santamaría, estaban señaladas las diferentes culturas: Rey Curré, Maleku, Huetares, Territorio Indígena Salitre, Boruca.

No se veían los varios conflictos territoriales entre no indígenas y los poblados en terrenos protegidos, quienes por décadas han buscado que se respete su territorio. Tampoco estaban demarcados los terrenos se vendieron de manera ilegal en lugares como Savegre, Cabagra y Ujarrás, cerquísima de dónde estábamos; apenas a unos kilómetros de nuestro destino habían quemado otras casas y ranchos de varias familias indígenas. Desde el carro, todo se veía pacífico.

Seguida una pronunciada curva, había una inclinación polvorienta que puso a prueba nuestro carro. Nos detuvimos en el medio. El termómetro indicaba 42 grados centígrados pero el viento pegaba fuerte. En el fondo, allá abajo el río nos saludaba, y la serpiente de polvo iba hacia la nada, desde la nada, sólo árboles y más árboles. Bella energía recibíamos.

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Pasó media hora y vimos un rótulo: artesanía boruca. Apareció otro en inglés, no podía faltar. Conforme nos aproximamos al corazón del pueblo, vimos a la izquierda una masiva esfera de piedra que nos indicaba dónde quedaba el centro turístico del pueblo. Cuando entré, una jovencita indígena, de piel canela y pelo recogido, me volvió a ver, sonrió y retornó a su celular. Por un segundo me decepcioné, está en Facebook o Whatsapp, me dije. Me acerqué y vi que usaba su aplicación de calculadora para terminar una tarea de matemáticas.

Le dije que buscaba a Randall, con quien nos quedaríamos por cinco días, y de inmediato lo llamó. En cuestión de segundos, estaba consumida en su tarea. Volví a ver al cuarto, conocido como Centro Turístico Boruca, y vi las máscaras, los bolsos, las fajas y las billeteras que tanto había estudiado. Hasta el día de hoy, ninguna foto ha hecho justicia a esos detalles.

Randall, de contextura gruesa, piel morena y una voz serena, vestía una pantaloneta O’Neill, una camiseta con una imprenta de sus máscaras y unas sandalias. Nos dijo que habíamos llegado a tiempo ya que su familia estaba almorzando. Subimos a su casa, que era un terreno comprendido por todos los miembros de su familia, liderado por doña Margarita Morales, quien a su vez era la organizadora de la comunidad.

Randall en su lugar de trabajo

Pensé que iba a estar incómoda; una muchacha blanca en un pueblo indígena vino a irrumpir un almuerzo en donde hay sólo miembros de la familia. Pero en cuestión de segundos, me sentí invitada. Comimos arroz, frijoles, palmito, tortillas palmeadas y verduras del propio patio. Nos contaron sus problemas y sus dichas, anécdotas y planes. Nunca pretendieron ser más de lo que eran: una comunidad.

Yannick, el hijo de Randall, era pura energía, felicidad e inocencia

La casa de Randall quedaba al final del territorio, con cultivos al fondo, con un rancho tradicional a la par y las herramientas para hacer las máscaras. Calculé y no tenía más de 40m2 la casa prefabricada. Aquí nos quedaríamos, en un poblado indígena, en un cuarto sin puertas, a la par de un gran televisor con servicio de cable, un sistema de sonido de relativa modernidad y varias pinturas indígenas.

Avanzaron los días, el calor devorando el deseo del reloj de avanzar y  me fui adentrando cada vez más a la realidad de los Boruca. Salíamos a caminar en las mañanas, antes de hacer talleres de máscaras y telas, y veíamos ventanas sin la interrupción de barras de metal. Es más, no recuerdo haber visto una puerta cerrada. Caminábamos a la catarata sagrada mientras escuchábamos las historias sobre los niños grises y la serpiente gigante, contadas con tal convicción que no eran diferentes en lo absoluto a un gran diluvio o plagas bíblicas.

Me contaron de un asesinato que había ocurrido—gracias a la presencia de turistas—en una de las cantinas. Lo contaron con tal asombro, aunque ya había pasado el tiempo, que me di cuenta que ellos no estaban acostumbrados a la muerte ni a la violencia. Ellos habían asumido la paz como una realidad, al igual que nosotros nos habíamos inmunizado a la violencia.

La catarata sagrada y su vista

Pero sin importar de qué ángulo lo veía, todavía no podía considerarlo un mundo nuevo, un mundo diferente.

Hablábamos español y el único que verdaderamente hablaba Boruca fluidamente, uno de los más viejos del pueblo, estaba por fallecer. Así, de la nada, se perderían tantos siglos de historia de una cultura que manejaba mucho a través de la transmisión de boca en boca. Randall me comentó que sí lo hablaba, pero no al nivel que se considerara totalmente dominado. Hablaba un poco de inglés y francés, que le ayudaba a vender sus artesanías.

Otras culturas indígenas, como los Ngöbes, utilizan proyectos artísticos para promover el uso de su lengua. Varias han impulsado dar clases en sus escuelas para hacer un intento sistemático de implementar su lengua. Sin embargo, con el pasar de los años, el deterioro de la lengua ha sido tal que recuperar muchos atributos es casi imposible.

En las noches, cuando cenábamos, prendían el televisor a ver las típicas películas de Semana Santa, como Ben Hur. Fue ahí cuando el viaje se tornó una mezcla extraña que terminó con una nota amarga. ¿Era este el verdadero pueblo indígena que yo buscaba? Era un poblado indígena manchado.

La casa de noche

El Viernes Santo, me invitaron cordialmente a ir a misa. Ir a Misa en un pueblo indígena. El mismo Randall rehusó ir, tal vez por la confianza que le tenía a su propia madre, pero no podía rechazar la invitación de la organizadora del pueblo. Para ella era sumamente importante. ¿Cómo iba a ser la misa importante? Y, ¿sus propias deidades? Y, ¿Cuasrán?

Pero me tocó ir. Desde lo lejos, noté que el edificio más grande en el pueblo era la iglesia. Ni siquiera el museo, ni siquiera la esfera de piedra lograba desprender un poco de la magnitud de la edificación impuesta, en lo que fue uno de los pueblos que logró aislarse más de la colonización española para mantener su cultura.

Entramos a la parroquia y vi a la misma chiquita que atendía el museo. Estaba a un lado del altar. Su piel se veía aún más morena, aún más conectada con la tierra, contrastando con ese vestido blanco que usaba mientras ayudaba al padre oficiar la misa. Me fijé en él: tan blanco, creo que hasta tenía ojos verdes. Los indígenas hacían fila para recibir la ostia. No recuerdo haber estado tan incómoda en una misa. Esto era una película, de esas que pasan en Semana Santa. Seguíamos colonizando aún en el 2015.

Pero fue la única manera, en este punto en el tiempo, en nuestra existencia, que el mundo podía conocer algo de los Borucas. En vez de recluirse, ahuyentando así a gente como yo, lograban presentarse ante el mundo, aunque esto significara perder algo de su identidad, aunque esto signifique arriesgarse a que la globalización, con su arrasador y desinteresado ritmo, les quite un poco más de su identidad.

Hay que seguir viajando. Así nos despedíamos de los Boruca

Varios días después de escuchar la noticia de la quema de la casa cósmica, busqué por muchos medios y aún ninguno lo había transmitido. Hice mi pequeña labor al contarle a mis amigos, hasta que el periodista Diego Delfino escribiera una nota y obtuviera cientos de compartidos, que espero no se queden en activismo digital. Tal vez lo más amargo es pensar qué hubiera pasado si hubieran quemado una iglesia católica, y no ese importante templo. ¿Hubieran hecho un especial en 7 Días?

Andrea es diseñadora de espacios internos, profesora de yoga y seguidora de las culturas indígenas. Actualmente trabaja en un proyecto para combinar las artes indígenas con el diseño de interiores de manera sostenible. Esta es una crónica basada en su entrevista.

Por Bernardo Montes de Oca

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Author: Bernardo Montes de Oca

Journalism. Writing. Life. Periodismo. Escritura. Vida.

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