¿Por qué competimos?

Hockey, en Costa Rica. Hasta decirlo suena irreverente.

Pero para mí, es el mejor deporte que existe: una combinación de velocidad, agilidad, dureza y trabajo en equipo.

Aunque tuviera más de treinta años de historia y en su apogeo, llegara a tener 200 jugadores inscritos en 8 equipos competitivos, el hockey en Costa Rica siempre tuvo un horizonte sombrío.

La ubicación, el clima y el costo del equipo lo hacían un deporte fuera de lugar.

Yo comencé como portero. Cuando mis rodillas me advirtieron, me moví a ser defensa y delantero, con tal de estar en la competencia. Pero el domingo pasado, a principios de febrero del 2016, jugué mi último partido.

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Hace quince años. Ultimo de la derecha.

Una costilla fisurada, un dedo fracturado que requirió tres pines, lo que estoy seguro fueron dos contusiones cerebrales, un diente astillado, luxaciones de hombro, peleas, un sinfín de moretes e incontables contracturas musculares. Y aún así me levantaba todos los domingos a jugar hockey.

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Hasta jugamos en hielo. En blanco.

Ryan McDonagh, capitán de los Rangers de Nueva York, jugó el último partido de la final de conferencia con un tobillo fracturado. Los entrenadores le rociaron congelador de nervios para que no sintiera el dolor y pudiera jugar.

Steven Stamkos se fracturó la nariz por un disparo y siguió jugando. Sólo pidió que le dieran una careta.

Cuando estábamos viendo el Súper Tazón 50 (¡gracias, Broncos!), les conté a mis amigos y a mi novia que Thomas Davis de las Panteras, estaba jugando con un brazo fracturado.

La cara de ellos, y la subsecuente pregunta de por qué, me puso a pensar: ¿por qué competimos?

El deseo de ser mejor que el de a la par es una patología latente en cada cosa que hacemos en nuestras vidas.

Sí, patología, porque es esa misma competencia que nos hace querer más: dinero, cosas, títulos, más.

Estamos felices sabiendo que ganamos más plata que el de a la par, o que obtuvimos una mejor nota que toda la clase, o entregar un proyecto antes, y entregarlo bien.

Leía un estudio de Harvard que decía que en EEUU la gente preferiría vivir en un lugar donde el salario promedio fuera de $25 000 y ellos ganaran $50 000, a vivir en un lugar donde el promedio fuera $200 000 y ellos ganaran $100 000.

Los estudiantes de una clase se sentían menos motivados si todos los estudiantes sacaban un 90, en vez de que uno se sacara un 80 y el resto un 70.

Las ramificaciones sociales, económicas y psicológicas son muchísimas, adentrar en ellas es más denso de lo necesario.

Vivimos en una lucha por ser el mejor. Esa es nuestra realidad. No hay nada de malo, ni bueno, en eso.

Ahora agréguenle que a veces competimos contra enemigos, o peor aún, contra amigos.

Como dijo Victor Hedman, ¿a quién no le gusta ganarle a un amigo?

En mi primer partido, a los 15, un gringo loco, que fungía de capitán de mi primer equipo, coordinador de la liga, defensa y fuente de problemas en general, me dijo que los otros cinco en la cancha tenían que confiar plenamente en mí.

Eso se grabó y así lo hice.

Durante quince años jugué con los mejores competidores que he presenciado. Nos convertimos en amigos y en rivales.

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Unos de los pocos jugadores de hockey en CR. El de blanco.

Una vez que nos poníamos el equipo y entrábamos a la cancha, lo único que importaba era el próximo stride, el próximo disparo, el próximo golpe, gol o pase, lo único que importaba era el próximo segundo. Nos olvidábamos de nombres, de historias y de amistades.

Juntos, ganamos campeonatos y también dolorosas medallas de segundo lugar. Hubo momentos en que terminamos de últimos. Hasta me pasaron de equipo y tuve que enfrentarme a mis propios amigos.

También está esa vez que fuimos al campeonato mundial y rompimos el record por más cantidad de goles. En contra.

Pero, mientras la economía del hockey se colapsaba debido a diferencias personales y políticas, y nos iban echando de canchas, hasta que llegamos al patinodromo en la Sabana, seguíamos llegando.

Todos nos conocíamos, todavía nos conocemos. Todos competíamos, todavía competimos. Hasta el último segundo. Pasamos de ser 200 a ser 20 y cada domingo jugábamos como si estuviéramos en la final.

Cualquier error incurría una gritada, para luego del partido olvidarnos y reírnos de alguna historia graciosa.

Cada gol llevaba una felicitación que duraba pocos segundos. Era cuestión de seguir jugando.

La victoria, o la derrota, podían alegrar o amargar el resto del día.

Hasta que un día mi cuerpo me dijo: ya no compitás.

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Ahora, me dedico a dar clases.

Entonces, en retrospectiva, puede ser que ni haya respondido la pregunta, ¿por qué competimos?

Nuestra naturaleza, nuestros pasados, ilusiones frustradas de grandeza hockey-istica, nuestro miedo a no poder competir más en el futuro, no sé, alguna de esas será.

Es claro que durante todos estos quince años, sabíamos que llegar a ser Sakic, Roy, Bourque, Yzerman, Modano, Gretzky o cualquiera de ellos era imposible.

Pero cuando entrábamos a la cancha, a veces haciendo las mismas que McDonagh y Stamkos, sentíamos que éramos iguales, hasta mejores que ellos.

Por eso competía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Author: Bernardo Montes de Oca

Journalism. Writing. Life. Periodismo. Escritura. Vida.

2 thoughts on “¿Por qué competimos?”

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