Las pequeñeces del servicio al cliente

San José, Costa Rica. 6:15 de la mañana.
Avenida 8, con calle 18. Local esquinero.
El viento frío de la mañana despierta los nervios en la nariz. Al ser tan temprano, la idea de hacerse desayuno es lejana. Por eso se abarrotan las seis mesas del local. Trajes enteros, gabachas de médicos, “scrubs” y uniformes todos forman un caleidoscopio laboral, con platos de pinto, huevos rancheros, prensadas y café.
Un pequeño resumen histórico: el local actual es la mitad de lo que era originalmente. Don Gerardo inauguró un lugar de nombre “Sabor Tico” hace ya unos años. Expresidentes, ministros y funcionaron hacían fila para comer ahí. Su receta era sencilla y con cariño.

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Cualquier local puede llegar a servir. Tal vez no tan extremo.

Luego de su muerte, su hijo y la esposa tomaron el local.La comida se mantenía igual. Lo que cambió fue la atención. Más bien, la falta de atención. Poco a poco, las mesas se fueron vaciando y la esquina terminó siendo un recurso alimenticio de emergencia. Extraño fenómeno porque cerca había poca oferta. Enfrente estaba la soda de la Asociación del Hospital Blanco Cervantes, y unos metros más arriba, un local de dudosa procedencia.

Costaba sentirse bienvenido.
Conforme el local se ausentó de humanidad, los dueños decidieron separarlo. Hicieron un mini-supermercado en la mitad y la otra la alquilaron, con el equipamiento para trabajar como soda.
Ambas eran ideas geniales, dadas la oferta y demanda a la redonda.
Una familia nicaragüense tomó la oportunidad e instaló sus modestas instalaciones en la soda. Comenzó con una pequeña refrigeradora, mesas plegables y comida sencilla.

Poco a poco, tuvieron que meter más. Compraron otra refrigeradora, colocaron y abarrotaron un estante con saludables golosinas como cajetas, galletas y confites.
A la par, el mini-supermercado parecía abandonado. Al entrar, lo recibían miradas de pereza y desinterés.

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Todos te comprendemos, mapache.

Volviendo a la actualidad, hay una diferencia esencial entre un local y el otro. En la soda, apenas entra la gente, se saben los nombres, las historias y los gustos. (Las prensadas usualmente tienen mi nombre escrito). La comida es simple y el momento que uno pasa, al menos lo distrae del resto. Preguntan por el día de uno.
Hablaba con la que cocina, que sale a escuchar requerimientos particulares y luego se adentra en su estación culinaria.
“Vivo del cliente. Si mis compañeras vienen sin ganas de atender, las mando a la casa. De que el cliente coma feliz, como yo y ellas. Así funciona.”
Las pequeñeces del servicio al cliente.
En el otro local, apenas entro a comprarme unos bizcochos, el cajero me dice que no sabe cuánto cuestan porque no han llegado los precios. Trata de llamar a los dueños pero no contesta.
“Dejémoslo así,” le digo.

Esta semana están remodelando el local para ver si atrae más clientes. Dudo que sirva.
Pueden ser las mejores ideas, que si no tienen un buen servicio al cliente, no fructifican.

 

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Author: Bernardo Montes de Oca

Journalism. Writing. Life. Periodismo. Escritura. Vida.

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