Poema: El campo de batalla

El Campo de batalla

Bernardo Montes de Oca

Hola.

Sí, soy yo, tranquilo.

Hace frío, temblás.

La lluvia; qué alivio es escuchar

miles de tambores,

que esconden tus llantos.

Es tarde y todavía tenés ese uniforme puesto.

¿Qué es esa mancha?

Tu sangre, o la de alguien más.

Bueno, eso te decís.

 

El escudo, tan cerca de tu pecho,

Le juraste lealtad obligada,

Y te creíste su promesa

que te protegería en el campo de batalla.

El campo de batalla.

 

Suena la campana, es hora de desembarcar,

Como bestias lanzándose al río

unos dudan y otros lideran,

Obstáculos, columnas, bancas, árboles.

Y francotiradores.

 

Los buscás, a tu derecha

A tu izquierda,

Al frente.

Soldado, un paso adelante.

 

A tu alrededor, buscás rasos, meros siervos como vos,

En grupo nos salvamos.

No te mintás.

 

En algún momento halan del gatillo

y te hieren,

no te matan,

es muy aburrido.

 

Lo sé, yo también lo he considerado.

Suena fácil: una soga o una faja,

y la viga de la sala.

Ellos entran, papá se ahoga en llantos,

Mamá no siente las rodillas,

se astillan contra la cerámica,

Tan fría como tu cuerpo.

Grita.

 

Una vez es suficiente.

Los querés abrazar,

querés bajar a pedir perdón

Porque no era tu culpa.

 

Y luego un bosque de árboles carbonizados,

El resto del ejército llorando lágrimas reptiles,

agradeciendo: fuiste vos y no ellos.

Tal vez sobrevivan la guerra.

Tal vez no.

 

No estarás ahí para verlo.

Pero ahí están, cabizbajos, por vos.

¡No! No te mintás.

 

Ahí está ella, en el medio de la oscuridad,

La valeriana, tan hermosa,

Iluminando cortezas calcinadas.

Cosechando frágiles fantasías,

para balancearlas en una cuerda floja.

Y verlas caer.

 

Sí, la valeriana.

La razón de la tensión en tus pantalones

De tus suspiros de idiota

cuando el viento es tu aliado,

cuando sopla la enagua apenas,

lo suficiente,

y alimenta tu fantasía.

Perfecta.

Bella.

 

Porque tu definición de belleza es maquillaje,

enaguas cortas

Y mamadas al popular en el recreo.

Tal vez, desde arriba, desde ahí bien alto,

verás los dientes de bulimia,

Las ojeras debajo de la arcilla,

Las lágrimas y que no las llora por vos,

sino por ella.

 

Lo ves a él y cómo la abraza, quiere ahorcarla

Una joven pitón apretando su presa,

Exprimiendo la inocencia

hasta que no queda más.

Marcando territorio antes

de que sea muy tarde,

De que venga alguien más.

Más guapo,

más fuerte,

más alto,

más.

 

¡Lo sé!, huevón, ¡lo sé!

¡Querés ser él!

Él, que le besa los pezones

muy jóvenes para ser besados,

muy besados para ser inocentes.

 

Querés ser él,

quien la envejece

con cada penetración

Y robarle la ilusión de contestarle:

yo también. Y el amor, ¿para qué?

 

Te lo imaginás

victorioso,

Sin acariciarla,

Sin abrazarla

Como toda mujer se merece.

 

No.

 

Él sólo mira el relieve desnudo

que se abriga con una delgada cobija

La ilusión, el pelo sudado, el miedo y las mejillas rosadas

Niña escondida.

Mañana no se van a hablar.

¿Querés ser él?

 

Sí.

Así tal vez podés pegarle

al maricón que le gusta pintar,

A la lesbiana que le gusta el metal

A aquel niño de mami que le gusta el violín

O hacés feria con vos mismo, ¿por qué no?

Las tres cosas, sos el blanco perfecto.

 

Querés ser él y que nadie se burle de tu cuerpo malformado,

De la grasa que estira tu piel y lucha por escapar.

Ni siquiera la grasa suaviza los golpes

que convierten tu piel en cuero humillado.

Un cuero que envuelve a tu corazón, lo aísla más,

lo aparta del dolor, lo esconde,

te acercás más a él.

Te dan ganas de verte en sus ojos,

con la misma cara que te ves en el espejo.

 

¡Maricón!

Responde a tu silencio,

Y por un segundo, te lo creés,

un segundo que dura años.

No llorés.

 

¿Querés ser él?

¿La querés a ella?

No.

¡No es así!

No habrá soga ni faja, ni funeral

Ni enaguas precoces abriéndose para vos, ¿y qué?

Tenés quince, bestia, no veinticinco.

 

Es el campo de batalla, y no se irán las espinillas

que hacen de tu cara un valle

minado de sangre y pus,

No se irán los insultos.

Más bien penetrarán más profundo,

queriendo estrujar tu corazón

hasta decir basta, y luego un poco más

quedarán en las esquinas de tu cerebro,

hablando con tus pesadillas

y bailando un vals de tristeza con tu autoestima,

pelearán con tus nervios cuando

te quitás el uniforme en el vestidor

unico momento en que lo extrañás.

 

No se irán.

No se irán los rifles.

No se irán los “ayudame a pasar”

Ni los golpes de muchas gracias.

 

Estás en el campo de batalla,

el campo que escogieron por vos,

sin saber qué es lo que querías,

obligado a caminarlo,

a sobrevivirlo.

 

Y no estás solo.

Ahí están con vos, soldados rasos.

Semper fi, dicen por ahí.

Viven juntos, mueren juntos.

Esa lealtad. Es valiosa.

 

Habrá momentos de placer y de emoción

de desaparecer en páginas, música y pintura

de videojuegos que escondés como un tabú

y cambios de voz que escondés

como una mancha de nacimiento.

Habrá consejos de papá y chineos de mamá,

A ellos, amalos siempre.

Habrá espejos para verte y decir: soy hermoso,

Podrías intentarlo algún día.

Y sonreirás.

Ah sí, sonreirás, se siente bien.

Hola. Sí, soy yo. Vos. Yo.

Aquí estamos y diez años han pasado.

Aquellas armas que quisiste cargar,

Aquellas balas que tuviste que esquivar,

¿Cuántas no viste?

Y aquellas que no pudiste.

Todas desaparecerán.

Vos, con la precisión y nervios

de un cirujano primerizo

sacarás los cancerígenos insultos

encasquillados en

los ventrículos de tu pecho,

Ya más fuerte,

Ya más áspero,

Ya más tuyo.

Y cuando los veás, los dientes de bulimia,

Los puños que tanto te atormentaron

Los insultos que tanto te desgarraron

Querrás venganza.

¡No! Nunca.

 

 

Mirálos a los ojos.

No sabrás cuánto se parecían a vos hasta que lo hagás.

Como un reflejo de confusión, de inocencia manchada por presión,

Por pertenecer a algo tan abstracto como la belleza

Tan brutal como lo normal

Tan inexplicable como lo aceptable.

Es ahí, soldado, cuando dejarás el campo de batalla.

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Author: Bernardo Montes de Oca

Journalism. Writing. Life. Periodismo. Escritura. Vida.

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