Mensajeros alados de Satán

No soy un hombre ordenado, lo acepto.

Hace ocho meses me cambié de apartamento dentro del mismo edificio. Buscaba más privacidad y no estar totalmente frente a la calle. En el momento, confié en el criterio del casero que me dijo: “el apartamento está fumigado,” y no seguí el consejo de mi madre de siempre fumigar antes de meter los muebles.

Tan sólo dos meses después, una noche mientras cocinaba, se escabulló una criatura que balanceaba sus antenas, detectando cualquier irregularidad en el territorio. No me di cuenta hasta que sus antenas me rozaron la mano que tenía apoyada en el counter de cocina. Luego de gritara como una quinceañera precoz en un concierto de Justin Bieber, vacié la lata de Baygon en la criatura. Me había arruinado la noche.

¿Realmente soy tan desordenado?

La mañana siguiente contacté a un control de plagas, siguiendo el consejo de mi padre: para que algo se haga bien, hay que pagar. Cuando llegó el técnico de control  de plagas, lo miré a los ojos y le dije: “vea, pelotudo, no me importa perder tres años de vida. Si la expectativa es 87, 84 suena bien. No me importan tampoco los vecinos ni su integridad, los de abajo pelean mucho y los de arriba hacen mucho escándalo. Pero yo quiero que los nietos de esas malditas se arrepientan de haber nacido”.

Noté una sonrisa llena de malicia en su cara. Me retiré a trabajar y volví a las 5 de la tarde. Abrí la puerta. El aire estaba denso con pequeñas partículo de veneno que se introducían en mis pulmones. Tosí un par de veces. Mis zapatos chapotearon en pequeños pozos de insecticida. Pestañeé y volví a pestañear. ¿Era en serio? Dieciseis cadaveres, convulsionando sus últimas pizcas de vida, regados por el suelo. Dieciséis.  Y nada de esos pendejitos pequeños. No, eran dieciséis, de aquellos grandes, que un poco más, y te saludan de sombrero. En un apartamento de 40 m2.

¿Realmente soy tan desordenado? ¿Qué hacía la chancha de vecina antes de que yo entrara a este apartamento? Es más, ¿dónde se escondían?

Barrí los cadáveres de aquellos mensajeros alados de Satanás, que estoy seguro los creó en la misma borrachera en la cual inventó la mayonesa, y los metí en una bolsa. Quería mandárselos a mi vecina en Limón, su nuevo domicilio, con un lazo y una nota que dijera: espero que te gusten, chancha.

Desde aquel entonces he luchado con el orden. Claro, de vez en cuando los platos ganan, el polvo de dejar las puertas abiertas para que se ventile parece acumularse a ojos vista, el reciclaje a veces me trae memorias de mis legos, acumulado en la esquina, y pasar el cepillo por el baño me hace apreciar el baño del gimnasio. Pero era inevitable. Llegó el momento definitivo. Ya tocaba refuerzo. Llamé nerviosamente al control de plagas y de nuevo me fui. Esta vez, los resultados hablarían de mí mismo.

Luego del trabajo, fatigado, llegué a mi casa y abrí la puerta. Las pequeñas victorias son las que le traen a uno mucha satisfacción. Ni un sólo cadaver. Ni una de esas pequeñas arañas. Nada.

Realmente no soy tan desordenado.

Espero no llegar a este nivel
Espero no llegar a este nivel
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Author: Bernardo Montes de Oca

Journalism. Writing. Life. Periodismo. Escritura. Vida.

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