Nuestro tercer hogar: las presas.

Cuesta creer que cuando nos vayamos a morir, habremos pasado dos años enteros de nuestras vidas en algun modo de transporte. También, es iluso pensar que eventualmente la cantidad de automóviles disminuya; es algo imposible a menos de que haya un giro brusco en la tecnología, cultura e infraestructura de transporte que maneja nuestra sociedad. De ahora en adelante, será imposible evitar las presas.

Sin embargo, a mí me gustan las presas. En serio. Como ejercicio social, son momentos en donde salen a relucir las verdaderas luces de las personas sin la contribución del alcohol o algún otro estupefaciente (al menos, eso dice la teoría).

Desde el egoísmo de nuestros carros que se vuelven pequeños capullos metálicos, hasta el a veces inhóspito ambiente que puede generarse dentro de un bus un viernes a la cinco de la tarde con lluvia, mientras navega torpemente entre las avenidas y calles de la capital–parecen cigarrillos de aluminio vomitando humo hacia las nubes. Pocos son los que absuelven de ser parte de la jungla urbana.

Está primero la alfa con sordera. Es aquella que en el momento que se pone la luz en verde, aunque esté a más de 100 metros de esta, se adhiere al claxon del carro por segundos, a veces minutos, sin entrar en la noción de que no va a tener mucho efecto. Después de tal molesta sinfonía, por la cual yo me veo obligado a subir la ventana, la fila de vehículos se mueve escasos centímetros. A esta, no sé porqué, pero se me hace que le gusta pelear. Anda su celular en la mano y su vehículo es ostentoso. Pero anda una etiqueta de Jesús en la parte de atrás del carro.

Luego está el narcoléptico. Usualmente tiene una pinta de trabajador; lo más probable no estudió y se frustra de no haberlo hecho. Su trabajo no lo reta sin embargo lo hace con diligencia y sin dudar. Su peor temor es llegar a la casa y decirle a su esposa: “hoy fue el último día.” Cuando llega al trabajo, le da miedo leer las noticias y ver que todos los costos van para arriba y su salario se queda igual. Casi siempre lo veo descansando su cabeza sobre la ventana del bus, con audífonos puestos–lo más probable escuchando algo del opio del pueblo–y cierra sus ojos. Los abre. Los cierra. Se quedan cerrados. Me pregunto si se bajará en la parada correcta.

Entre estos dos navega el nervioso. Su carro usualmente es pequeño, práctico se podría decir, y se mueve con inseguridad. El clutch sufre con cada cambio y no es porqué no sabe manejar, en sencillamente porque lo odia. Sin embargo, odia más estar en un bus. Es artista, o al menos se relaciona con el arte de algún modo y frecuenta los bares de moda, que no son de moda, pero sí lo están.

Pasa un manchón rojo. El taxista, el “verdadero rey” de la calle cree que puede hacer de él cualquier carril. Tiene el derecho de pitar porque maneja más que todos nosotros. Por esto, también puede poner las intermitentes y parquearse donde quiera. Conoce a detalles todas las rutas sin embargo siempre nos encontramos en las presas. Lo malo es la ardua rivalidad tiene con el otro que siempre tiene la razón: el busero.

Veo a mi horizonte y me falta el compañero. Ahí está. Me reta a una carrera el ciclista. A este siempre me lo encuentro saliendo de su apartamento camino a mi trabajo. Lo pierdo hasta que llego a los tribunales y el tráfico se comienza a desacelerar. A cabo de diez o quince minutos, lo veo pedaleando a mi lado, me sobrepasa y desaparece. Cuando el tráfico avanza, me lo encuentro de nuevo. El chaleco baila con el viento, el bulto firmemente amarrado a su espalda y su ritmo es incesante. Anda una GoPro en el casco por precaución. Acelero, porque se libró un poco el carril, y lo dejo atrás. Sólo para volver a verlo a cabo de minutos. Siempre llegamos al mismo tiempo.

Fotografía de la Nación
Fotografía de la Nación

Finalmente, como avispas molestando en un arbol, los motociclistas con sus motos, sin silenciar, colman los pocos espacios libres  entre los vehículos y atacan hasta llegar al semáforo. Aceleran innecesariamente, la podadora de cesped que andan entre las piernas rompe con el escaso rastro de paz que pudo haber quedado, y en el momento que se pone en verde, el metálico grito de las motos se desaparece a la distancia, durando más de lo debería.

Estas son las presas. Todo un ejercicio social. No puedo generalizar, sin embargo, puedo analizar. Las presas son, al fin y al cabo, parte de nuestra naturaleza y en estas habrá sub-especies de la raza humana que son fascinantes. Algunas me dan ganas de echarle cloro a la piscina genética, otras me llaman mucho la atención. Al fin y al cabo, dentro de la presa, no estoy haciendo más que estar. Sólo estoy. No puedo leer porque estoy manejando. No puedo dormir. No puedo trabajar. Sólo estar.

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Author: Bernardo Montes de Oca

Journalism. Writing. Life. Periodismo. Escritura. Vida.

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