El silencio es débil, ¿o valiente?

Foto por Keitology
Foto por Keitology

Tal vez callar un acto de abuso sexual sea la manera valiente de algunas personas para lidiar con el tema.

Originalmente esto era un adenda al post anterior sobre el abuso sexual pero la conversación fue tan productiva que decidí subir otro artículo. Una amiga retó y cuestionó el paradigma que yo había escrito; y me encantó.

Alta, esbelta pero de atributos definidos, atractivos de acuerdo al país, el pelo castaño claro y larguísimo, llegándole casi a las caderas. Su piel morena, con la inusual tez rosada de la sangre que le parecía fluir constantemente a las mejillas, Marcela se sentó al frente mío en el almuerzo que habíamos coordinado y gestó con los dedos que extrañaba el cigarro. Siempre he valorado su opinión y, por dicha, siempre me las da. Especialmente de mi blog.

—¿Qué me querías contar del blog?—le dije a los ojos. Sacó el celular para recordarse de lo que yo había escrito. Rápidamente deslizó el pulgar por la pantalla y asintió.

— “Sacrificando el pensar por la calentura” No necesariamente. Yo comencé a coger a los 15 o 16 y no fue por calentura, fue por que no podía seguir el doble discurso de la gente de “hasta el matrimonio”, y cogerse a medio mundo en el medio—Dijo y se puso erguida—. Veía a toda mi familia coger sin casarse, ¿cómo no iba a hacerlo? No vi a mi hermana, fue a la única que no vi, pero sí abusó de mí. Tranquilo, de eso hablamos luego.

—No comprendía lo que decía mi familia y tampoco me apoyaban a valorarme, a identificar a los imbéciles y a los no tan imbéciles, para ver si iba por buen camino—Arrugó los labios—. Sólo estaba el: “no coja antes de casarse”. Tras de que no comprendía a mis papás, tenía miedo de perder al mae con el que estaba. Como buena niña inocente, era demasiado dependiente de él, no sé de qué, tal vez emocionalmente. Entonces tener sexo era entregarme a él. El sexo joven fue pura rebeldía, chicha e inseguridad. ¿Calentura? Mae, no comencé a disfrutarlo hasta como los 18 años y a medias.

Me sonrió, tomó un sorbo de agua y se aclaró la garganta de manera relajada. Rodó los ojos recordándose de otras partes del texto.

—”Eso es sólo la punta del iceberg ya que alrededor del mundo, y nuestro país no es la excepción, 91% de las violaciones pasan sin reportarse.” Eso es cierto y es porque lo único que uno no quiere es que te tachen de mentirosa o que digan: eso no es nada. —dijo—. Como pasó conmigo, que fue una mujer, era sangre mía y no hubo pene involucrado. También ayudó que yo era una niña. Y tampoco ayudó que era la favorita ella.

Suspiró y se fue en un pensamiento hasta que la llamé.

—Marce, ¿estás bien?

—Sí, sí. Todo bien. Es que imagínate el trauma. Lo menos que uno quiere es hablar de eso y denunciarlo. Tal vez tratar de ignorarlo es lo que mantiene cuerda a la persona—Se acercó los brazos, abrazándose, se estiró y luego exhaló. Sonrió forzosamente—. Sólo se quiere dejar atrás lo que pasó y no andar reviviéndolo.

—Entiendo. Bueno, no entiendo porque no he pasado por eso—me arrepentí de una de haber dicho tal estupidez—. Pero tu punto de vista, lo entiendo. A veces puede servir enterrar las cosas.

—Ni hablar de la educación de mierda—me interrumpió—. Porque todo empieza por ahí, por esta sociedad machista, que enseña que todo el mundo puede opinar de las mujeres, su apariencia, peso y todo eso. Los maes se creen que tienen el derecho de hacer feo.

Exhaló frustradamente y le pegó a la mesa. La soda la volvió a ver y sólo pude sonreír al ver la intensidad.

—Eso que escribiste: “un hombre, o niño, al ser abusado sexualmente se convierte en: maricón, homosexual y pendejo” —exclamó luego de leer el celular—. Eso me recordó a una cosa que había pasado en mi familia. Un tío mío había sido parte de abuso sexual, la historia no me acuerdo muy bien, pero mi hermana dijo: ¿es homosexual o qué? Puta, me causó tanta repulsión. ¡¿Acaso eso importa?! Son etiquetas nada más. Puras etiquetas.

Hubo un momento de silencio, esos silencios que uno no aprecia, a la misma vez tienen que pasar para apaciguar los ánimos.

—Es demasiado gris la sexualidad—habló en volumen bajísimo mientras leía—. “Cuando una persona valiente se planta firme, endurece la columna de otros”. Así lo dijo Billy Graham. Por ahí leí que la valentía no existe. Es un libro que habla sobre el miedo y dice que es proporcional a la falta de recursos y la situación: mientras yo sienta que no tengo recursos, no me voy a lanzar. Así que los “valientes” en realidad se dieron cuenta que sí tenían recursos para enfrentar la situación, mientras que otros no. Puede ser que el que se lance haga ver a los otros que “sí se puede”, que sí hay recursos pero lo que creo que se debería hacer es informar sobre cómo actuar cuando alguien es violado o abusado.

—Tenés razón—, le dije.

—Uno se asusta. No sabe qué hacer. Ni pensar en las herramientas, en el proceso, y todo el mundo dice: denuncie. Sí, pues facilísimo, pero ahí queda, generalizado. Necesitamos alguien que explique bien todo el proceso—Levantó los brazos de manera frustrada y cayeron en sus muslos, sonando secos los golpes—. ¿Cuáles son las posibilidades de lo o la agarren? ¿Qué pruebas necesito para que eso se dé? ¿Tengo que ir inmediatamente luego de ser violada a algún lugar? Y, ¿si me levantó sangrando entre las piernas luego de que me drogaron?

No pude decir nada. Sólo asentí y ella siguió con una combinación de furia y deseo de denunciar las cosas.

—No conocemos qué se puede hacer en esos casos, además qué mísera cosa te debés sentir luego de ser violada, ¿cómo para sacar las fuerzas y denunciar? ¡Si acaban de probarte que sos débil! También está eso de la valentía y la debilidad. Los que denuncia son valientes, entonces ¿porqué yo fui abusada o violada y no denuncié no soy valiente? Eso baja todavía más el autoestima a las víctimas.

—Entonces—me incliné hacia delante—, ¿qué se hace?

—Pues la vida es de cada uno. Si considero que, para mí luego de estar informada, denunciar me va a hacer más daño que bien, no quiere decir que no denuncié porque no soy valiente, en caso de que exista la valentía.

Se reclinó contra la silla de manera relajada, estirando las piernas al frente y encorvando la espalda hacia atrás. Sonrió y supe que había terminado la conversación sobre este tema. Hablamos de otras cosas por escasos minutos y luego se retiró. Nunca me habían analizado tanto, y tan feliz a la vez, un texto que yo había escrito sin yo pedirlo. Marcela se retiró y heme aquí escribiendo sobre ella.

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Author: Bernardo Montes de Oca

Journalism. Writing. Life. Periodismo. Escritura. Vida.

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