Wanderlust: Vancouver

Mi viaje consistía en tres partes: dos días en Vancouver, seis días en Squamish y luego tres días más de vuelta en la ciudad y aunque ni siquiera había aterrizado, ya odiaba mi destino.  La amable Vancouveriana que viajaba al lado me dijo: “tu primer hotel queda en una zona un poco peligrosa. ¿Squamish? ¡No hay nada qué hacer! Y volvés a Vancouver en medio distrito gay.”

Luego, apenas aterricé, el oficial de migración pensó que “ser ingeniero y venir a mochilear solo por Vancouver a ver si termino mi novela” no era una razón válida de viaje y me interrogó por cuarenta minutos. Junto al estrés de saber que mi hotel quedaba en el guetto canadiense (oxímoron, lo sé), y el calor, (calor en Canadá, ¿en serio?), estaba el hecho de que no encontraba mi hotel, el apropiadamente llamado Escondite Urbano. Excelente hotel, a propósito. Cuando llegué, sudado, cansado y estresado, me desplomé en la cama y traté de dormir.

La mañana siguiente me embarqué hacia la isla Granville a las 9:30 de la mañana. El dueño del hotel, Ken–un astrofísico finlandés con dos PhD que se hartó de su vida corporativa–me dijo: “es seguro, tranquilo. Esto es Canadá.” Encogió los hombros y sonrió. Claro, ¿cómo iba a dudar de esto?  Pero la calle Granville estaba abandonada. Ocasionalmente pasaban carros, los negocios estaban cerrados y aquellos que caminaban parecían salidos de The Walking Dead. Llegué a un puente en donde ubiqué la isla cuando dos drogadictos me comenzaron a seguir: “¡me vuelve a ver y le parto la cara!”

Aceleré mi paso y traté de llegar a la Isla, la veía pero no sabía cómo llegar. El calor, los carros pasando a toda velocidad a la par mía y Cheech y Chong a escasos metros detrás mío: comenzaron los pensamientos paranoicos: “Este viaje es un desperdicio. ¿Venis a Canadá a despejarte y a escribir? ¡Huevón! Andá a la Sabana a fumar mota. Vas a odiar este viaje. Te van a tachar de loco.” Pero aquí estaba. He viajado por cuatro continentes, acumulado cientos de miles de millas, ido a entrenamientos, conferencias y hasta eventos deportivos. Entonces, ¿por qué le tenía pavor a este viaje?

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On my way to Vancouver

Por primera vez en 28 años estaba completamente solo en otro país, sin rumbo, ni siquiera un contacto de emergencia “por si acaso”. Mi único propósito: escucharme a mí mismo. Era un concepto totalmente nuevo para mí. Tal vez por eso estaba aterrorizado.

Decidí darle chance a la Isla Granville. Mercados, música, comida, arena y hasta un teatro en la playa. Como es común en esta ciudad obsesionada con el ejercicio, habían canoas, bicicletas, tablas de surf, patines y papalotes. Mientras almorzaba, codeándome con otros turistas y algunos locales al lado de la bahía, conversé con un guía turístico inglés, entrado en sus seis décadas. Me recomendó actividades, lugares y conciertos. Hablamos de viajes, de nuestras patrias y de Costa Rica dijo: “bella, lástima lo caro.” Luego me preguntó la razón de mi viaje.

“Es bueno hacer eso. Así dejamos de correr.” Se acomodó el pelo, se puso un sombrero y se levantó. “Corremos mucho, tanto, que se nos olvida hacia donde vamos.” Me sacudió la mano con firmeza y luego transicionó de inglés a lo que parecía un mandarín perfecto y fluido, para acarrear a sus 40 turistas.

Pasé por las canoas, las tablas, el violinista en la playa y llegué a una banca, lejos de todo. Con cuaderno y lapicero en mano y sin compromiso, comencé a escribir, llegando a cantidades que no veía hace meses. Descansé únicamente para evitar el castigo del sol. . Luego fui al teatro a ver Shakespeare, y tomé el ferry hacia el parque Stanley; alternaba entre caminar, ver y escribir. Hasta caí en la adicción de un Starbucks (finamente ubicados los malditos). Cené en un pequeño restaurante vietnamita atestado de humo de cigarro y vapor de la cocina, pidiendo de un menú con poco inglés. Vancouver no parecía tan mal después de todo.

Falta Squamish, ¿era cierto que ahí no había nada qué hacer?

Pues sí: era cierto. Un pueblo de menos de 18 mil personas con una gran montaña enfrente, dos supermercados, menos de diez restaurantes y un Starbucks (una plaga). Sacado de película y con el mejor publicista del planeta: “Bienvenido a Squamish: La capital de actividad recreativa del mundo.” Mi habitación estaba encima de un bar, El Pato Borracho, y tenía todo lo necesario, nada más: un microondas, una refri, un tele y un ventilador pequeño y ruidoso. La cama era más pequeña que yo y la ducha me llegaba a los hombros. Este sería mi hogar por seis días.

Squamish by Bernardo Montes de Oca
Squamish by Bernardo Montes de Oca

Luego de tomarme una hora para recorrer todo Squamish centro, comprendí lo fácil que es “aburrirse” en un pueblo pequeño. A las 9:00 pm ya las calles estaban prácticamente abandonadas, pero podía caminar totalmente tranquilo. Luego de cenar en el único restaurante mexicano (y el único abierto a esa hora) en 80 kms a la redonda, los engranes de mi cerebro comenzaron a moverse. La soledad surtía efecto.

Decimos que nos aburrimos no porque tenemos qué hacer, sino porque finalmente estamos libres de distracciones y podemos atender las cosas que tenemos en lista. Nos ponemos excusas, hasta para lo que “queremos hacer”, especialmente si eso significa cambiar algo de nuestras vidas. En estas calles desoladas, mis preguntas tomaron primera plana y ni siquiera tenía que responderlas. Tan sólo revisitarlas.

Cuando llegué al hotel y caí a la cama, se sentía el retumbar del bajo viniendo del Pato Borracho. También se escuchaba los jadeos y gemidos de mis vecinos en la 207. Aún entre el jazz del bar y los gritos de “Oh Omar, oh Omar,” logré dormir con bastante tranquilidad. El día siguiente, cuando me levanté a desayunar en el restaurante de la esquina, me topé a los de la 207. Ella tenía caderas potentes, baja estatura y un cuerpo relleno. Omar era larguirucho y con brazos que parecían ramas. Su barba era tupida y su construcción casi enclenque. No dejaba de sonreir. Felicidades, Omar.

Mi estadía en Squamish consistió en un balance entre mente y cuerpo. En mis viajes el ejercicio rara vez se vuelve una prioridad, menos un gusto. Se siente más bien como una obligación visitar el gimnasio en esas torres de habitaciones plásticas con la última tecnología. Sin embargo, aquí el ejercicio se hacía por mero gusto, sin imposiciones.

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Lost lake in Whistler

Caminé por senderos y playas, anduve en bicicleta hasta llegar a lagos perdidos  y admiré constelaciones de windsurfers en el horizonte.

Mi último reto era el Jefe: 660 metros de ascenso, 9 km de senderos, pocos suministros y estaba completamente solo.Apenas me bajé del taxi, me encontré con un rótulo: por favor avise a alguien que vino a hacer este sendero. Requiere de condición física adecuada. Bueno, le avisé a la recepcionista. Caminé al punto de partida y me dio la bienvenida un turista vomitando por el esfuerzo. Yo gozo de buena condición física, no fumo y tomo de manera ocasional. He andado en varios senderos, inclusive solo, y aún así, no podía evitarlo: ¿qué diablos estaba haciendo?

No había vuelta atrás.

Dos muchachas de mi edad comenzaron al mismo tiempo y ya para un cuarto del sendero habíamos entablado conversación. Samantha y Kelly vivían a 100 kilómetros por hora con todo: desde su vida profesional, hasta sus pasatiempos. Tenían energía adictiva y disposición para conocer gente (al menos no me rociaron maze, una buena señal).

Sudé como no pensé que fuera a sudar, mis piernas sentían el esfuerzo con ciertas gradas y peldaños naturales que exigían mi mayor flexibilidad. Estuve a dos pasos de arrepentirme–tal vez no lo hice por presión grupal–y devolverme, citando algún dolor en la rodilla. Pero conforme me iba acercando, la idea de renunciar se alejaba cada vez más. Para las secciones casi verticales, usamos cadenas y escaleras y llegando a la cima me encontré una pulida inclinación de granito invitaba a que uno se deslizara al vacío. Justo para mí y mi perfecto historial de caídas.

Pero la vista y el silencio valieron la pena (hay que hacerlo temprano, antes de la marea de turistas).

Hablamos por horas y luego del descenso, fuimos a almorzar a Whistler. Es interesante ver como los retos son iguales, tan sólo cambian de geografía. Tener miedo del futuro, no tener ciertas respuestas, no saber nuestro papel en este planeta, todas preguntas que los tres habíamos pasado. Y los tres habíamos recurrido a viajar solos para obtener las respuestas.

Luego de despedirme de ellas, y con la caída del sol, mi cuerpo pedía descanso. Los siguientes días fueron tranquilos. Merodeé por las playas, vi una película en el cine externo, y escuché voces en español.

Surgió la pregunta: ¿de dónde son? Martín, Óscar, Paul y Enrique se habían conocido recién una hora antes de que yo les hablara. También estaba Laurence, una Quebequois que justo se sentó al cine para ver la película y cenar. Aprendí que existe un código de mochileros que nadie dice: no existe historia suficientemente rara o vida muy extraña para ser contada.

Desde un aspirante a escritor que vino a despejarse, hasta recogedores de cerezas que ahorraban todo su ingreso para viajar por todo el país. Una muchacha joven que todavía no quería sentar cabeza ni trabajar de 9 a 5 y un antropólogo que odiaba su carrera y amaba la música. Estaba solo, como cada uno de ellos, y me sentía acompañado.

Un día después, me encontré a Martín; a él y a Óscar les habían robado todo, excepto el pasaporte y el dinero que andaban en mano. Les faltaban dos semanas de vacaciones. La policía del pueblo estaba tan avergonzada que les dieron hospedaje gratis por una noche. No supe qué les pasó luego. Ya tenía que regresar a Vancouver.

En los últimos días frecuenté la biblioteca, lugar que ahora veo con ojos diferentes: un santuario para mucha gente que llegaba a refugiarse del viento, de la lluvia, de la soledad. Mesas comunales donde varios jugaban dominó, computadoras para revisar internet o jugar naipes digitales. Zonas de narrativa donde se contaban cuentos. Y, lejos de todo, pupitres individuales donde por horas escribía, olvidándome del hambre y la sed.

En el hotel conocí a una rumana ingeniera mecánica que trabajaba como ama de casas para probar su suerte como actriz. Nos sentimos identificados. Vi el triatlón de Vancouver, artistas locales cantando en las calles y terminé en los museos (pocos para una ciudad tan grande). Cuando visité la Galeria de Artes de Vancouver, presencié la genialidad de Douglas Copeland y cómo en sencillas oraciones me hacía pensar: ¿cómo pensaba yo antes del internet?

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Made me think

Nancy y Tuang, una pareja vietnamita, conocieron a Copeland en una de sus exposiciones. Por su vestir humilde y sencillez al hablar, no hubiera dicho que eran millonarios dueños de varios negocios en Vietnam, ninguno de los dos siendo mayor de 30 años. Natalie, una alemana, había viajado a Vancouver, llevaba un mes de vivir con su novio agresor que se drogaba y emborrachaba, y no se había ido por miedo a no tener un techo en las noches. Estaba sin dinero y esta era su última noche en Vancouver. Todo el viaje había querido ir a la exposición.

Mi último día, luego de una larga estadía en la biblioteca, bajé a Yaletown. El frío había llegado, con viento y lluvia. Entre bares a la moda y restaurantes con lo más reciente en las tendencias culinarias, llegué a una conversación con Fred, un comensal, y Amanda, una bartender en The Parlour sobre la vida de un atleta: sacrificarlo todo por la mínima probabilidad del éxito. Me entretuve más de lo debido y era hora de regresar; caminé con toda tranquilidad, ligeramente borracho, a través de todo Vancouver centro, hasta mi hotel.

Para las 3 de la mañana del día de mi partida, amaba esta ciudad que balanceaba lo hippie con lo urbano. Me di cuenta que viajar solo cambia todo. La famosa frase salirse de la zona de confort cobra un nuevo sentido cuando uno está en otro país. Comer solo en un restaurante o en una barra deja de ser tabú. Ser uno el dueño de su destino (aunque sea por sólo días) es liberante e intimidante. Conversar con completos extraños no es más que una manera de vernos a través de los ojos de otras personas. Si hubiera viajado en pareja, lo más probable no hubiera hablado con 90% de la gente. Si hubiera viajado en grupo, hubiera tenido aún menos conversaciones. Al final, lo más probable, no vuelva a ver a ninguno de ellos y, viéndolo bien, no hay problema con esto. Y respecto a las preguntas, algunas las cerré, otras se abrieron, pero logré darme el tiempo para visitarlas.

Así que viajen. Viajen solos. Viajen en grupo. Pero viajen.

Wanderlust: tips de viajero:

– Las bibliotecas ofrecen muchos servicios gratuitos como internet e información turística. Además de techo y refugio del frío. Y libros, muchos libros.

– Un chip de celular es genial, especialmente viajando solo.

– En vez de sacar plata en el país de origen y hacer el cambio en los aeropuertos, busquen sacar plata de cajeros de bancos del estado y no privados, que usualmente tienen una tasa de interés menor.

– Busquen recomendaciones donde gusten (Tripadvisor, Yelp, etc) pero siempre reserven en una computadora con una ventana privada y ojalá en otro lugar, así evitan que los rastreen y suban los precios de las habitaciones. Trivago es bueno también.

– Vean su país como turistas. Después de viajar a otro me doy cuenta que me falta mucho del mío.

Aquí va un video de mi viaje, y mis comienzos en la edición de video. Espero que lo disfruten.

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Author: Bernardo Montes de Oca

Journalism. Writing. Life. Periodismo. Escritura. Vida.

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